"Como no sabía que era imposible, lo hizo"

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lunes, 4 de octubre de 2010

Línea de MI tiempo


El otro día tuve una de esas clases magistrales en la universidad. Ya era hora. Cómo nos engañan. Cuando una entra ahí, piensa que todo (y todo es todo) va a merecer ser vivido, escuchado y estudiado, pero no es así. Nunca es oro todo lo que reluce. De vez en cuando sí, así que solo por esas veces merece la pena (positivismo).

Dicho esto, os explico mi clase. Este año hago teoría y estructura de la publicidad y las relaciones públicas (sí, se ve que los futuros periodistas también necesitaremos estas cosas). Entró un profe grandote (evitaré nombrar todos los adjetivos calificativos que se dignaron a decir mis compañeros). Es un publicista y se notó desde el primer segundo, no sé si fue porque llevaba unas gafas puestas y otras en la mano (iguales) o por qué, pero lo noté. Compré la moto, ya me entendéis.

Me entusiasme con la idea de la línea del tiempo. Nos explicó que tenemos que plantearnos (siempre a corto plazo) dónde queremos llegar, quién queremos ser. Trazar la línea para ver lo que nos queda y lo que ya tenemos hecho. Puso mucha énfasis en que debemos dejar poco al destino/ azar. Que nunca contemos con él, aunque aparecerá y, por eso, que nos pillé, al menos, dónde nosotros queríamos. (Supongo que si uno está donde quiere las cosas feas son menos feas).

Aunque no me gusto mucho que dijera que los periódicos estaban dando sus últimos coletazos, ya se sabe eso de que las verdades duelen. Pero luego en el bus (mejor momento del día) pues me eché a reír. No habrá periódicos, quizás, pero habrá otra cosa, otra cosa para leer, para informar, para opinar… Y no me lo pienso perder, aunque mis padres tengan un sentimiento de arrepentimiento por no haberme prohibido algunas cosas...( ya se lo quitaré)

PD: He hecho la línea del tiempo (profesional /estudiantil) de mi próximo año. Os explicaré a ver qué tal.

domingo, 28 de febrero de 2010

Corazón rojo

Era una chica del siglo XXI. Estudiaba, trabajaba los fines de semana, salía todos los jueves por la noche y hacía la compra por internet. Y como algunas chicas, de esta nueva –y peligrosa- generación, no creía en el amor. No fue algo que escogiera, fue algo que le enseñaron, algo que aprendió a base de hacerle pedacitos el músculo rojo.

Son las 7. Para tres veces el despertador y cierra los ojos. No se duerme, pero no quiere levantarse. Son las 8 y empiezan las prisas. Se pega una ducha rápida, se bebe un zumo -mientras prepara el bolso- y coge la bufanda que le cosió su abuela. Son las 8.30 y ya está en la estación. Entra en el autobús -¿por qué nadie dice buenos días?-. No le ha dado tiempo ni a devorar dos páginas de su libro que ya se tiene que bajar.

Entra a la panadería de siempre. Un cruasán poco hecho. Lo guarda en el bolso. Pasa por la niña de ojos azules que vende flores, le compra una, solo por ver su sonrisa. Va caminando hacía su destino y se encuentra, como siempre, con esa viejecita entrañable que lleva más de medio año esperando a alguien en la parada del tren. Le da la amapola y sigue caminando. Son las 9.30, le queda media hora para sentarse en su banco del parque.
Está en el momento más intrigante de la obra, parece que va a pasar algo. De repente para de leer.

- Eres tú.
- ¿Perdona, decías algo?
- Te parecerá una locura, pero me he enamorado de ti.
- Mira, muy gracioso, no estoy para tonterías…
- ¿Sabes? Yo mataría monstruos por ti…

Y entonces ella sonríe, el mundo se vuelve a parar y su corazón vuelve a estar más rojo que nunca.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Rojo

Pensaba que el día que le rompieran el corazón iba a llover, que caería una tormenta de esas que convierten el día en la noche. Se imaginaba un día sin color, todo estaría teñido de un gris que intenta ser negro. Un día sin niños jugando por la calle, ni parejas de enamorados en el parque. Imaginaba que sería en invierno. Que haría tanto frío que la gente iría con largas bufandas intentando esquivar, así, el frío. Su nariz estaría roja, como siempre que hiela y sus manos moradas. Pero no fue así.
Era el segundo día de primavera. El sol molestaba incluso para quien lo buscaba. Estaba radiante. Los niños correteaban por la calle con el primer polo del verano. Felices. Las parejas de enamorados, tirados en la hierba de los parques, daban rienda suelta a su amor. Los colores empezaban a aparecer en la ciudad. Todo el escenario estaba preparado para una gran historia, pero la escena no fue así. La historia, esta vez, no tenía final feliz.
A Paula le hicieron pedacitos el corazón, su amor le dejó ese día -propicio para ser un gran día-. Le dejó en ese día de primavera y fue para no volver jamás. Paula se quedó sentada en la estación recogiendo uno a uno los trocitos de su músculo rojo, más rojo que nunca.

martes, 20 de octubre de 2009

mil y 1


Lo odiaba. Odiaba el ruido del despertador a las seis de la mañana, el frío al salir de la ducha, llegar a la parada del tren y darse cuenta de que se había olvidado la mitad de las cosas en su escritorio. No le gustaba nada la rutina. Cada día soñaba con cambiar su vida, pero siempre se despertaba, se despertaba tarde. Era lunes y eso lo hacía aún todo más difícil, más tristes. Alcanzó el abrigo del perchero y se dirigió, con las prisas y la tristeza de siempre, a la parada del tren.
Y entonces pasó. Todo se paró. La música del momento dejó de oírse, los trenes de pasar, la gente de andar, de pensar, de existir, la lluvia de caer. Solo podía verlo a él. Llevaba unos tejanos desgastados, rotos. Llevaba un abrigo gris y el pelo empapado por la lluvia. Llevaba en la mano el libro de Las mil y una noches (mojado). La cara de no haber pegado ojo en muchos días. Pasaría desapercibido a cualquier persona, a cualquiera que no fuera ella, Clara. No lo había visto en su vida, pero por alguna extraña razón parecía conocerlo desde hace tiempo. Adivinó todos sus movimientos. Quizás le habría visto alguna vez antes, seguramente en algún sueño. Sus miradas se cruzaron y entonces ocurrió. El tiempo volvió al movimiento. Los trenes volvieron a pasar, la lluvia volvió a caer y él, como sucede a veces con los mejores sueños, desapareció. Clara aturdida por lo que había vivido (o por lo que había creído vivir) se subió al tren. Como siempre apurando hasta que dan el avisó de cerrar las puertas. Ultimo vagón, como cada día. Se sentó al lado de un matrimonio muy mayor que dormían uno al lado del otro, dándose la mano como dos adolescentes. Los miró con anhelo. Entonces se acordó que había olvidado de coger el periódico. Metió la mano en el enorme bolso para coger un caramelo de esos que quitan la tos (y muchas cosas más). Y de repente estaba allí. Las mil y unas noches. Sonrió, no penso.